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Pocos artistas como él,
en menos de veinte años de labor profesional,
han logrado dejar una obra tan vasta. Diago,
quien a los 25 años había sido
calificado por el crítico norteamericano
James Steimberg, en artículo aparecido
en The New York Times como el “mejor pintor
joven de la era actual” fue un hombre
excepcionalmente culto y un espíritu
en eterna búsqueda.
Nació en La Habana el 13 de agosto de
1920, hijo del violinista cubano Virgilio Diago
de quien heredó además extraordinarias
potencialidades musicales que quedaron indudablemente
referidas dentro su obra plástica. Estudió
en la Academia de San Alejandro en el período
comprendido entre 1934 y 1941 pero su multifacética
ansiedad de saber abarcaba estudios autodidactas
de historia, arte, literatura, religiones, metafísica,
ocultismo y música. Es uno de los pocos
alumnos de la última época de
la Academia con verdadera inquietud creadora
y combativa contra la rigidez de sus postulados,
que en 1937 asistía simultáneamente
a las aulas del Estudio libre de Pintura y Escultura.
En 1942 obtuvo Mención
en el XXIV Salón de Bellas Artes. Trabajaba
en un taller que compartía con los escultores
Eugenio Rodríguez, Rolando Gutiérrez
y Nuñez Booth, en Obrapía y San
Ignacio, todos unidos por el común deseo
de hallar una forma plástica eminentemente
cubana. El grupo forma parte de los artistas
vinculados a la primera galería permanente
de Cuba: la Galería del Prado.
Su primera exposición personal: Diago.
Dibujos y gouaches, se realiza en el Lyceum
de La Habana en 1944, al tiempo que trabajaba
como director artístico para Artes. Revista
Mensual. En 1945 es profesor de Colorido en
la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas
y su obra es expuesta por primera vez en el
Glorier Club de Nueva York. A partir de 1943
comienza una serie de producciones como escenógrafo
para el Teatro Principal de la Comedia y posteriormente
para el Ballet Nacional de Cuba en su sede,
el Teatro Auditorium de La Habana. Pero quizá
el dato más interesante de su vínculo
con el Ballet es la creación de una serie
de bocetos de vestuario y escenografía
para un “Ballet imaginario”
pensado por el propio Diago, que hoy están
expuestos en el museo de la Danza, en La Habana,
donde se atesora la historia del Ballet Nacional
de Cuba.
Es este el mismo Roberto
Diago que ilustra los textos de Cintio Vitier
y Eliseo Diego para Ediciones Orígenes,
la poesía de Carilda Oliver, la obra
teatral de Álvaro Custodio y de Dora
Alonso, los ensayos del músico e investigador
Odilio Urfé, el Platero y yo de Juan
Ramón Jiménez y quien concibe
el diseño arquitectónico de un
Templo Lucumí monumental.
Excepcional calcógrafo y xilógrafo,
aún sin abandonar las aulas puso de manifiesto
sus dotes de innovador, rayando directamente
la plancha metálica en plena calle, como
quien toma un apunte, provocando de esta forma
la cólera de algún profesor. Contaba
el grabador y dibujante Armando Posse que en
una ocasión le celebró la captación
del movimiento en un dibujo que representaba
unos caballos encabritados y Diago respondió:
“Si, pero ahora, lo que a mi me interesa
no es el movimiento, sino el sonido” (1).
En 1947 viaja a Washington, Nueva York, Boston
y Canadá, y concluye su gira en Haití,
donde estudia por varios meses. Su obra llama
la atención de Alfred H. Barr Jr., quien
adquiere una tinta de su serie Cabezas para
la colección Latinoamericana del Museo
de Arte Moderno de Nueva York. El próximo
año, 1948, permanecerá en México.
1950 marcó un giro dentro de la orientación
general neosurrealista de la obra a medida que
su vínculo con la abstracción
se consolidaba. En 1953 realizó una relevante
exposición: Roberto Diago, en la Pan
American Union, en Washington D.C., que incluyó
óleos, dibujos, collages y proyectos
para cerámica y que le atrajo numerosos
elogios de la prensa especializada.
El 20 de enero de 1955,
durante un viaje de estudios realizado a Madrid,
Roberto Diago muere trágicamente, dejando
a la posteridad una obra trunca y todo una original
iconografía sin decodificar. Treinta
años más tarde, durante la 3ra
Bienal de La Habana, el crítico de arte
cubano Orlando Hernández lanza esta provocativa
pregunta en su texto a la exposición
de Diago: ¿Qué universo simbólico
puede hallarse oculto en sus obras, dada la
conocida veracidad informativa y erudición
de Diago? ¿Qué habrá de
africano, de afroamericano, de caribeño,
de cubano? ¿Qué importancia puede
tener la música en la conformación
y evolución de su estilo, incluso en
su as adscripción final a la pintura
abstracta? El caso Diago mantiene aún
sobre su archivado expediente un signo ignominioso
de interrogación. Solo el estudio podrá
convertirlo en signo admirativo (2).
(1) Aldo Menéndez.
Un mundo por descubrir. En: Revolución
y Cultura No. 98-99, octubre-noviembre de 1980.
(2) Orlando Henández. Oscuridad de Roberto
Diago. En: Roberto Diago. III Bienal de La Habana.
Fondo Cubano de Bienes Culturales. Noviembre
de 1989.
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